La historia del padre del tenista Francisco Cerúndolo, que recientemente volvió a viajar en avión después de décadas para acompañar a su hijo, volvió a poner sobre la mesa un miedo que afecta a miles de personas: la aerofobia. Si bien es habitual sentir ansiedad antes de un vuelo, cuando ese temor condiciona decisiones familiares, laborales o personales puede convertirse en un problema que requiere atención.
Para Gustavo Giménez, piloto especializado en el abordaje del miedo a volar, la diferencia entre los nervios normales y la aerofobia radica en la intensidad de la respuesta emocional. “La aerofobia es un comportamiento involuntario que va más allá de la lógica y de lo que quien la sufre pueda llegar a comprender. Se manifiesta en un sentimiento de total seguridad de que ese vuelo en particular puede terminar en una catástrofe”, explicó.
Cuando el miedo se instala durante años
La aerofobia puede acompañar a una persona durante décadas. Según Giménez, esto suele ocurrir cuando el problema nunca se aborda de manera específica y el temor termina reforzándose con el paso del tiempo.
Aunque cada caso requiere un abordaje individual, Giménez sostiene que la aerofobia tiene tratamiento y que la mayoría de las personas logra volver a viajar con normalidad. (Foto: Adobe Stock)
“Es normal que alguien conviva muchos años con esta fobia siempre y cuando no acepte que debería tratarse para superarla. Muchas veces, después del tratamiento, las personas nos dicen que habían perdido mucho tiempo por no decidirse antes a enfrentar el problema con seriedad”, señaló.

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Uno de los desencadenantes más frecuentes es haber atravesado una turbulencia intensa. Aunque desde el punto de vista aeronáutico forme parte de situaciones previstas, para quien la experimenta puede transformarse en un recuerdo difícil de superar.
“La sensación de inseguridad que provoca ese evento hace que muchas personas crean, por desconocimiento, que el avión puede romperse y terminar en una catástrofe. Esa interpretación alimenta el miedo”, indicó el piloto.
Los mitos que alimentan la aerofobia
Además de las experiencias personales, existen creencias erróneas que contribuyen a aumentar la ansiedad antes de viajar. Para Giménez, la falta de información suele ser uno de los principales problemas.
Entre los mitos más frecuentes aparecen:
- Pensar que las turbulencias ponen en riesgo la estructura del avión.
- Creer que los ruidos o cambios de velocidad indican una falla.
- Asociar cancelaciones o demoras con problemas de mantenimiento.
- Confiar en rumores o versiones sin respaldo sobre la seguridad aérea.
“Mientras más se conozca cómo funciona un vuelo, más confianza se construye”, aseguró. En ese sentido, explicó que cuando una persona comprende qué sucede dentro de la cabina y por qué el avión realiza determinados movimientos, logra interpretar lo que ocurre de una manera mucho más racional.
“Empieza a tomar el control de sus sensaciones y del entorno del vuelo de forma más consciente. Esa información despeja dudas y permite explicar lo que sucede alrededor. Eso tranquiliza y ayuda a manejar la situación”, afirmó.
Cómo recuperar la confianza para volver a volar
“Las estrategias varían según cada individuo. Lo principal es realizar un tratamiento adecuado que brinde herramientas. Puede incluir conocimiento sobre aviación, meditación o técnicas de reflexión. Incluso, en algunos casos, ofrecer un informe meteorológico previo ayuda a anticipar cómo será el vuelo y genera mayor seguridad”, explicó.
También destacó que contar con una motivación importante puede convertirse en el impulso necesario para buscar ayuda. “A veces es la familia la que motiva a resolver el problema. Hemos tenido casos de personas que se bajaban del avión antes del despegue y terminaban frustrando las vacaciones de todos. Ese entorno suele convertirse en el detonante para intentar superar el miedo”, comentó.
El especialista remarcó que, una vez superada la aerofobia, es poco frecuente que el problema reaparezca. “Se apunta a una solución integral con información precisa y real. La actitud hacia el vuelo tiende a normalizarse y, cuanto más se vuela, más se refuerza la idea de que hacerlo es más seguro que muchas actividades cotidianas”, aseguró.
“Estamos muy bien cuidados por un sistema que muchas veces se desconoce. Los pilotos están entrenados, los aviones reciben un mantenimiento permanente y el espacio aéreo está controlado. Hay que diferenciar el peligro del riesgo controlado. Todos los días asumimos riesgos al caminar por la calle o conducir un vehículo, pero pocas actividades tienen tantos controles y auditorías como la aviación. Cada año se realizan más de treinta millones de despegues y aterrizajes en el mundo transportando personas de manera segura y profesional”, concluyó.