Los más veteranos reconocerán en él la silueta estilizada de un disquete de 3,5 pulgadas, pero buena parte de quienes lo usan hoy a diario como referencia para guardar archivos nunca tuvieron uno en la mano.
Sony introdujo este formato de disquete en 1987, después de haber experimentado con otros sistemas menos capaces, por lo que el ícono que todavía utilizamos en Windows representa un dispositivo de casi 40 años.
Este pequeño disquete, que almacenaba 1,44 megabytes, adquirió rápidamente una enorme popularidad al ser adoptado como estándar por las computadoras IBM PS/2. A partir de allí, prácticamente todos los fabricantes incorporaron este formato, incluido Apple. Era cómodo de transportar y rápido de utilizar. Además, su carcasa rígida y una lámina metálica deslizante lo protegían contra golpes, arañazos y dobleces.
Sí, dobleces, porque sus predecesores, que recibieron el apodo de floppys, eran una delgada lámina de mylar colocada dentro de una funda de cartón flexible. Los hubo de 5,25 pulgadas, precedidos por los de 8 pulgadas utilizados inicialmente en grandes equipos profesionales.
Los de 5,25 pulgadas se popularizaron con la expansión de la computadora personal. Cuando IBM lanzó su primer PC en 1981, lo ofrecía con dos unidades de disquete, cada una con capacidad para 160 kilobytes, que posteriormente llegó hasta los 640 KB. Hoy resulta difícil imaginar cómo podía almacenarse un sistema operativo o una hoja de cálculo en tan poco espacio.
En uno de estos disquetes no habría cabido siquiera una foto de resolución moderada de las que hoy tomamos con nuestros celulares. Sin embargo, a finales de los años noventa, Sony presentó cámaras digitales que permitían almacenar las fotografías directamente en disquetes de 3,5 pulgadas, como si se tratara de un rollo fotográfico tradicional.
IBM decidió denominar a sus unidades de disquete “A:” y “B:”, reservando la “C:” para un futuro disco rígido, que por entonces era casi un lujo. La “C:” sigue presente en nuestras computadoras actuales; las otras dos letras cayeron en el olvido hace muchos años.
De hecho, si todavía conservás algún disquete de aquellos formatos antiguos, lo más probable es que no tengas una unidad capaz de leerlo. Si necesitás recuperar la información, todavía es posible encontrar lectores usados en sitios de compraventa. El problema será después cómo conectarlos a una computadora actual. Algunos modelos más modernos utilizan USB, pero la conexión directa a la placa madre puede ser mucho más complicada.

Ese es el problema de la obsolescencia tecnológica, la pesadilla de quienes trabajan con archivos y documentos. Un pergamino del siglo XI todavía puede leerse; también un texto escrito en las paredes de Luxor. Pero un archivo grabado en un disquete durante los años ochenta, utilizando un procesador y un sistema operativo que ya quedaron en el olvido, probablemente no.
Los disquetes tardaron en desaparecer. En un intento por retrasar lo inevitable, IBM lanzó una versión de mayor capacidad. No tuvo demasiado éxito. A mediados de los noventa, la empresa Iomega, especializada en medios de almacenamiento masivo, presentó el Zip, un disco de aproximadamente 3,5 pulgadas que ofrecía una capacidad de 100 megabytes.
El formato tuvo una gran aceptación, pero duró poco. Entre otros problemas, sus cabezales podían desalinearse y terminar dañando o destruyendo la información almacenada. Pero, sobre todo, apareció un nuevo medio óptico: los CD y, posteriormente, los DVD. Aunque el proceso de grabar información en estos soportes todavía resultaba bastante engorroso para el uso cotidiano.
El artículo ya está terminado y guardado. Para recuperarlo, haré clic en el ícono correspondiente: una carpeta de cartón entreabierta. ¿Cuándo tuve por última vez una carpeta de cartón en las manos? Otro ícono que remite a un objeto prácticamente desaparecido.
¿Cómo lo envío al periódico? Por correo electrónico, claro. Basta con hacer clic en otro ícono, el que muestra un sobre —o, en algunos casos, un avioncito de papel de los que hacíamos de chicos—.
¿Un sobre? ¿Tengo alguno en casa? ¿Cuándo escribí por última vez una carta a mano? Las pocas veces que necesito uno, tengo que vencer la pereza de acercarme a una librería. Y después conseguir una estampilla. Salvo por algunas facturas y comunicaciones de servicios, es raro que hoy me llegue una carta en un sobre. Pero ese símbolo persiste en la pantalla de mi computadora.
Sigamos. Para hacer una llamada telefónica o de WhatsApp, el ícono muestra un auricular como los que tenían los antiguos teléfonos de línea. Sí, aquellos aparatos con un disco rotatorio o un teclado numérico que ya desaparecieron de muchísimos hogares. Y, para mayor ironía, es el mismo símbolo que aparece en la pantalla del celular.
En algunas aplicaciones de audio pueden verse símbolos de cintas de casete. En otras de video, la orden de grabación aparece representada por una cámara con dos bobinas de película, como las que se utilizaban en el Hollywood de la época del cine mudo.
En las colecciones de íconos del propio Windows todavía sobreviven imágenes de televisores de tubo, cámaras con rollo, CD, DVD, cintas de video analógicas y hasta terminales de fax.
Para las nuevas generaciones, todos estos símbolos perdieron buena parte de su significado original. Algo parecido ocurrió con los jeroglíficos egipcios: cada signo podía tener distintas interpretaciones según el contexto, pero pocas veces remitía al objeto real. Una hogaza de pan seguida de una serpiente ondulada, por ejemplo, significaba simplemente “padre”; un lazo o cartucho alrededor de un grupo de signos identificaba un nombre propio, como el de un faraón.
Con la universalización de la nube aparecieron nuevas necesidades de simbología. Y también, con toda seguridad, desaparecerán otros íconos que hoy damos por sentados. ¿El pendrive, por ejemplo? ¿El propio dibujo de una computadora de escritorio, en favor de uno de los nuevos dispositivos del tamaño de un puño o de una tablet?
Pero el modesto ícono del disquete, como sinónimo de “guardar”, permanece. Aunque los diseñadores gráficos intentaron generar alternativas, tuvieron poco éxito o, sencillamente, crearon símbolos difíciles de interpretar para el usuario común.
El pequeño dibujo cuadrado sigue presente en nuestras computadoras, aunque para muchos ya no sea más que un objeto arqueológico.
FUENTE: EL PAÍS