Una pelea en una escuela ya no necesariamente termina cuando alguien separa a quienes se golpean. Puede continuar durante horas a través de cientos de teléfonos: alguien la filma, otro la comparte, aparecen comentarios y las imágenes vuelven a reproducirse una y otra vez.
Algo similar sucede cuando se utiliza inteligencia artificial para generar imágenes falsas de adolescentes, incluso simulando desnudos que nunca existieron, y luego se las hace circular.
Para el psicólogo y docente Jorge Prado, autor de Una tablet al final del arcoíris, publicado por Editorial Fabro, estas transformaciones adquieren una relevancia particular durante la adolescencia, una etapa en la que el cuerpo, la mirada de los pares y la construcción de la identidad ocupan un lugar central.
Cuando la pregunta deja de ser quién soy y pasa a ser cuánto me miran
“El cuerpo no se construye solamente frente al espejo. Necesita del encuentro con otros”, explica Prado.
Durante la adolescencia, los cambios físicos, la sexualidad, la pertenencia y la mirada de los pares pueden hacer que ese nuevo cuerpo se sienta extraño y necesite también reconocerse en el vínculo con los demás. El problema aparece cuando parte de ese reconocimiento comienza a quedar capturado por las pantallas.
La pregunta “¿quién soy para los otros?” puede desplazarse hacia otra: “¿cuánto me miran?”.

En ese escenario, una pelea, una humillación o una imagen manipulada digitalmente pueden adquirir valor por el impacto que generan.
La inteligencia artificial agrega, además, una posibilidad nueva “Introduce la posibilidad de producir una escena sin que haya ocurrido. Una adolescente puede encontrarse circulando desnuda en una imagen que nunca produjo. Sin embargo, la vergüenza, el hostigamiento o el sufrimiento que eso provoca sí son reales”, sostiene Prado.
Aunque la imagen sea falsa, las consecuencias que puede provocar sobre una persona no lo son.
Visibilizar la salud mental no siempre significa comprenderla
Las redes también produjeron otros movimientos. Prado señala que artistas e influencers comenzaron a hablar públicamente sobre salud mental, angustia, autolesiones o suicidio, llevando a espacios masivos temas que antes circulaban principalmente dentro de consultorios.
“Muchos adolescentes pudieron reconocer algo propio en personas a las que seguían. Experiencias que quizá vivían en soledad encontraron un nombre y, algunas veces, un interlocutor”, explica. Ese fenómeno también llegó a las escuelas.
Sin embargo, nombrar lo que ocurre no significa necesariamente comprenderlo. Visibilizar un sufrimiento puede abrir una puerta, pero no alcanza por sí solo para procesarlo.
En su trabajo, Prado recupera también una investigación de Galván y Nogueira, de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata, realizada con adolescentes de La Plata y Gran La Plata, sobre identidad, cuidado, cuerpo, confianza, vínculos sin presencialidad y el rol de los pares frente a situaciones de riesgo.
El psicólogo destaca esa mirada porque permite no reducir los entornos digitales exclusivamente al peligro.
“También pueden ser lugares donde los adolescentes se encuentran, ensayan identidades, acompañan a otros y construyen formas de cuidado”, señala.
El desafío, entonces, no pasa solamente por preguntarse cuánto utilizan la tecnología, sino qué hacen con ella y qué significado tienen esos espacios en sus vidas.
De la exposición a la creación: otra forma de usar la tecnología
Para Prado, pensar el cuidado únicamente desde la prohibición o el control puede resultar insuficiente.
“Una cámara puede viralizar una pelea, pero también realizar un corto. Un celular puede utilizarse para hostigar, pero también para producir un podcast, una canción, una entrevista, una radio o un streaming”, plantea.
La misma herramienta que puede quedar atrapada en una lógica de exposición también puede convertirse en un espacio para crear, pensar y encontrarse con otros.
Hacer un corto, escribir una canción o producir un streaming obliga a detenerse, discutir, editar, equivocarse y volver a empezar. Ese tiempo introduce una diferencia. “El acto pertenece a la urgencia; la experiencia necesita tiempo”, plantea.
El cuidado, además, no depende exclusivamente de los adolescentes. Jornadas laborales extensas, inseguridad y la disminución de espacios de encuentro también modifican la manera en que las familias se relacionan con la tecnología.
Permanecer conectado dentro de casa puede representar una forma de protección y, al mismo tiempo, ese mismo dispositivo puede convertirse en escenario de exposición.
Por eso, el abordaje necesita articular familia, escuela, salud, comunidad y políticas públicas.
El título del libro de Prado, Una tablet al final del arcoíris, parte precisamente de una metáfora. La tablet ocupa el lugar de aquella promesa brillante que parece estar siempre al alcance pero que, cuando intentamos acercarnos, vuelve a desplazarse.
“Muchas veces quedamos capturados por las expectativas de la imagen, del consumo, del pertenecer, de la viralización; mientras el recorrido, el tiempo y la experiencia necesarios para construir lazos van perdiendo valor”, explica.
Quizás, entonces, uno de los desafíos para pensar las adolescencias actuales no sea negar las pantallas, sino evitar que ocupen toda la escena. Porque detrás de cada imagen sigue habiendo un cuerpo, una historia y una persona.